El monaguillo Iglesias

Pablo Iglesias, bajo el disfraz contestatario, vuelve a probarnos que es un lacayo de la infiltración denunciada hace un siglo por Unamuno.

 

Juan Manuel de Prada

 

Últimamente, Pablo Iglesias ha emprendido batalla contra la emisión de la misa en la televisión pública, que como todo el mundo sabe es una de las más crueles opresiones que se ejercen contra la «gente». Con Podemos ocurre siempre lo mismo: nos asegura que quiere acabar con los abusos de la plutocracia, pero resulta que a la hora de la verdad sólo quiere acabar con las capillas universitarias; nos hace pensar que viene a dinamitar el sometimiento de la política a la alta finanza, pero a la postre sólo dinamita la letra del padrenuestro; condena la utilización de los medios de comunicación para anestesiar las conciencias, pero se conforma con suprimir la misa televisada. Resulta, en verdad, llamativa esta obsesión antirreligiosa, que por lo demás comparte con todos los progres sistémicos, a izquierda y derecha.

 

Hace ya un siglo, Miguel de Unamuno escribía una diatriba contra esta obsesión antirreligiosa arraigada en ámbitos izquierdistas. A Unamuno le resultaba desquiciante que los semanarios socialistas dedicasen a ofender a los católicos «una buena parte de las columnas que deberían dedicar a combatir los abusos del capitalismo burgués». Y denunciaba que en las filas socialistas hubiese «fanáticos que prefieren un país sin religión alguna aunque bajo el más desenfrenado capitalismo y con la mayor desigualdad económica a un país socialista y religioso».

 

Frente a esta actitud fanática, Unamuno consideraba que «sólo la religión puede salvar el ideal socialista»; y afirmaba que «un sistema económico que, como el socialismo, exige la mayor abnegación, la supresión de todos los instintos egoístas, el mayor desarrollo del sentido del deber, se destruye a sí mismo si rechaza por principio la creencia en Dios y en la religión. Si efectivamente el socialismo pudiese tomar realidad hasta cierto punto, los hombres tendrían necesidad de ser sostenidos por su fe en Dios, por su fe religiosa».

 

Unamuno, en fin, consideraba que el «inextinguible anhelo de una vida trascendente» es el mejor acicate del que dispone el hombre para «dar conciencia y finalidad» a esta vida, para liberarla de las iniquidades de los «agiotistas» (o sea, los usureros y los especuladores). Unamuno concluía (y aquí es donde se mostraba más clarividente) que esta actitud antirreligiosa de los socialistas era consecuencia de la infiltración del «radicalismo internacionalista, el cientifismo pedantesco y el mamonismo».

 

Que es, exactamente, lo que ocurre en Podemos, una organización que esconde, bajo el aspaviento y la farfolla anticapitalista, una sumisión absoluta a los postulados de lo que Unamuno denominaba «mamonismo». Hace unos días, las fundaciones presididas por el especulador financiero Georges Soros hacían pública una lista de «aliados fiables» en el continente europeo entre los que, ¡oh sorpresa!, se hallaba Pablo Iglesias. En efecto, el radicalismo internacionalista sabe que el principal escollo para la imposición universal de sus designios es el anhelo de una vida trascendente que dé conciencia y finalidad a esta vida.

 

Pablo Iglesias, bajo el disfraz contestatario, vuelve a probarnos que es un lacayo de la infiltración denunciada hace un siglo por Unamuno. Y, como buen lacayo, sabe también que el hueco que deje la misa en la programación televisiva deberán ocuparlo –según acaba de proclamar– «contenidos que defiendan la diversidad y la educación sexual». O sea, exactamente lo mismo que defiende el catecismo mamonista de izquierdas y derechas.

 

Iglesias es, en fin, el monaguillo elegido por el mamonismo internacionalista para reconducir el descontento social de los españoles hacia su misa negra.

 

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